Soy consciente de que este tema
es inabarcable para un artículo de estas dimensiones. Simplemente, quiero dejar
esbozadas algunas cuestiones que me apelan hoy por hoy. No sólo a mí, yo
creo que este es ya un tema generacional. De este modo, si es cierto que
existen las generaciones y que estas se definen por su misión histórica, la
misión histórica de la mía es en encontrar su lugar donde no hay lugares. La
generación de mis padres, por el contrario, supo rápido qué trabajo le era
encomendado: construir el mito, la transición, asentar un nuevo régimen
político que les dio muchas satisfacciones, entre ellas, un lugar en el mundo y
una posible dignidad.
A nuestra generación nos
denominan “la generación perdida”. Etiquetas de esa clase sólo me provocan
incomprensión ¿Qué significa estar perdido?, ¿estamos acabados?, ¿pasaremos
silenciosos ante la existencia y la historia?, ¿nadie recordará nuestras
hazañas?, ¿nunca expondremos una visión propia como generación?,¿no ganaremos
el suficiente dinero?,¿no tendremos los mejores puestos, los mejores trabajos?,
¿nos moriremos de hambre?, ¿volveremos al pueblo y a las curanderas?
Quizás esta denominación es una propuesta: lo
mejor es perderse, lo mejor es no confiar ya en nada, no echar raíces. Vivimos,
si esto es así, lo que Nietzsche denominó “nihilismo”, una época en la que no
existe un sistema de valores al que arraigarse. Quien ha estudiado un poco Historia
(de la Filosofía) sabe que este destino histórico, como lo entendió Nietzsche,
no trajo consecuencias muy esperanzadoras en el siglo XX. No para la humanidad
(si es que todavía podemos hablar de algo así).
Sin embargo, Nietzsche vio en
esta etapa histórica nihilista, que en su caso fue la crisis de fin de siglo
XIX, una oportunidad para el ser humano que aceptaba la vida tal y como era, es
decir, sin un sentido metafísico. Una oportunidad para crear su propio valor,
su propio sentido, su propia obra de arte en sí mismo. Algo parecido nos dijo
Sartre en los años sesenta: somos radicalmente libres, podemos no aceptar la
moral tradicional ni otras morales externas y, puesto que nada hay, podemos
afirmar nuestros valores y ser responsables con ellos. Las consecuencias de
elegir otra moral, otra visión pueden ser realmente difíciles de sobrellevar
pero ¿quién dijo que la libertad era un descanso paradisiaco? Sartre hablaba de
esa libertad radical como un verdadero trabajo a lo Sísifo.
¿Qué define a nuestra generación?
Nuestra vida sigue, sigue el cabreo constante hacia esas instituciones que
viven una profunda e insalvable crisis, sigue la represión (a veces sutil, a
veces brutal) ante cualquier forma de negación y sigue la manipulación desde
todos los ámbitos de poder. Sigue la desesperanza ante las expectativas
formuladas en otros tiempos. Lo que más nos define es el empacho. El empacho como consecuencia de un
consumismo salvaje y de una locura colectiva. Nos quedan los esqueletos
esperpénticos de todo lo vivido y no elegido. El paisaje también revela esa
ideología imperante: esos edificios sin terminar, esos carteles de se vende y
se alquila que ya son parte del imaginario colectivo. El otro día recordaba el
horizonte de hace unos años lleno de grúas. Recordaba que, en los programas de humor, como el miles
gloriosus, aparecía el albañil dando voces. Todo eso, junto a los grandes
carteles publicitarios, decadentes, llenos de dientes, definía lo que creíamos
ser.
Tampoco creo que este paisaje
(actual y pasado) tan desalentador sea algo nuevo. Como describía Pessoa a principios
del siglo pasado en El libro de
desasosiego “El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos
procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la
incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación” ¡Qué contemporáneos
los antiguos!
¿Qué hacer entre las ruinas? En
un primer momento, sentir el peso de la necesidad, ya no sólo de buscar un
medio de vida, sino de formular un nuevo horizonte. Quizás esto no pueda hacerse
colectivamente porque no exista colectividad o quizás, como consecuencia de lo
individual, nacerá la nueva colectividad. También puede ser que la respuesta
sólo pueda ser colectiva o de una clase social. Sartre, ya que lo he citado
antes, pasó gran parte de su vida filosófica intentando casar el individualismo
radical, consecuencia de su concepto de libertad, y el comunismo humanista que
defendió. Por lo que sé, acabó defendiendo el anarquismo, algo que todos alguna
vez hemos defendido (inconscientemente) o soñado (inconscientemente), dos cosas
que, si no son lo mismo, son parecidas.
En cualquier caso, si es posible
esta tarea generacional, ese horizonte
creado siempre desaparecerá como Eurídice ante nuestros ojos porque no cabe
pensar ya en un sistema de valores, de ideas en el cuál podamos confiar. Al
menos yo no. Al menos yo sólo confío en lo que percibo, en lo que siento, en lo
que encuentro encarnado, lo que me duele, lo que amo, en lo que pienso y no
puedo dejar de pensar. Lo demás, el margen de esto, es el universo frio, exento
de toda huella reconocible que cada día se me asemeja más a una máquina
trituradora. El otro, para mí, es un ser que sufre, que siente y que es capaz,
en su ignorancia, de una crueldad sin límites y sin motivo, como decía Hannah
Arendt.
Esta autora, que fue una de las
lúcidas filósofas que formuló la tarea generacional de pensar el horror tras la
segunda Guerra Mundial, distinguió entre el conocer y el pensar. Pensar es un
diálogo interno, reflexivo, un momento en el que somos capaces de empatizar con
las ideas del otro, de criticar nuestras convicciones más profundas. Conocer,
por otra parte, es desarrollar las teorías, comprender conceptos y
sistematizar. Pues bien, sólo pensar nos
ayudará a evitar horrores mayores como seguir siendo/ser una sociedad psicópata
que no tiene en cuenta al otro aunque el otro sea, en un primer momento, ese
universo irreconocible. Quizás la desconfianza sea el motor de una nueva
filosofía y una nueva política. Quizás sea la muerte de la fraternidad. En
cualquier caso, el pensamiento a este nivel es una responsabilidad ineludible y
nosotros, por ser la generación perdida, la hemos adquirido inexorablemente.
Cuando vivía en Santiago, siempre
me quedaba embobada mirando el musgo que crecía entre las piedras. Al final, la
vida se abre paso aunque sea absurdo, aunque sea esperanzadoramente absurdo.
Aunque seamos tan infinitamente absurdos como el universo.
2 comentarios:
Precioso.
Sí, lo absurdo de la vida que se abre paso. Jurassic Park y el azar. Yo al ver a una cucaracha voladora venir por la calle abriéndose paso me encojo absurdamente. Y me entra la risa. Un placer leerte.
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